Tanto hombres como mujeres son personas. Según las normas tienen igualdad de derechos y obligaciones. Pero existen pretensiones de dominio del uno sobre el otro.
Los postulados de la supremacía del hombre emergieron en las culturas y los libros sagrados de varias religiones. El feminismo tergiversado genera que la mujer se convierta en una figura dictatorial e individualista.
En pleno siglo XXI, no puede concebirse que los roles se cumplan según los sexos. La mujer no debe ser la única que cumpla funciones domésticas. El hombre también debe hacerlo.
Hombres y mujeres deben proveer de recursos económicos al hogar, en la medida de sus posibilidades. En las sociedades modernas, la responsabilidad económica debe ser solidaria y mancomunada.
La violencia es reprochable tanto para el hombre como para la mujer, sea física, psicológica o política. En Bolivia se puso en vigencia una ley para garantizar a las mujeres una vida libre de violencia. Entonces debería existir una ley similar para los hombres que también son víctimas, aunque en porcentajes menores.
No todos los hombres son malos, ni todas las mujeres son buenas. No todas las mujeres son delicadas, ni todos los hombres son torpes. No es cierto que todos ellos sean fuertes y todas ellas sean débiles. En las sociedades tradicionales se tiende a generalizar las concepciones, según los sexos.
Si un hombre está con varias mujeres le dicen mujeriego, un adjetivo que inclusive aumenta el ego de algunos. Si una mujer está con varios hombres, es acreedora a insultos y adjetivos que seguramente no son alentadores.
La imitación de conductas de los hombres equivocados por algunas mujeres que buscan una salida a la opresión en la que viven, no soluciona nada. Tampoco ayuda la sumisión, a los malos hombres hay que denunciarlos. La policía y las leyes deben ser implacables con ellos.
Antes de 1952, la mujer boliviana no tenía derecho a votar, peor a ser electa como autoridad. Hace unos 70 años, nadie imaginó que una de ellas llegaría a la silla presidencial o que por lo menos fuesen determinantes en la toma de decisiones de sus países.
Sin embargo, las desigualdades continúan en la asignación de funciones jerárquicas. De los 20 ministerios del gobierno, sólo cuatro están bajo la dirección de mujeres. Ninguna mujer es gobernadora departamental. En las alcaldías tenemos a 310 alcaldes y a 29 alcaldesas.
En las universidades bolivianas, la distribución de funciones jerárquicas también es dispareja. Es suficiente revisar la plantilla de rectores, vicerrectores, decanos y directores. Sin embargo, la inequidad es menor en relación a tiempos pretéritos.
Las mujeres tienen el legítimo derecho a demandar igualdad mediante sus mecanismos y representaciones. Para que exista igualdad, la discriminación debe reducirse o eliminarse.
La discriminación no sólo es entre hombres y mujeres. A veces las exclusiones son peores entre personas del mismo sexo, sobre todo en las mujeres. A veces una persona se autodiscrimina.
Las posturas sexistas dividen. Seguimos perdiendo el tiempo en la búsqueda de la superioridad sexual. Tanto el hombre como la mujer tienen cualidades que hay que aprovecharlas, para marcar hitos en la historia, con nuestras acciones conjuntas. No debemos olvidar que la existencia del ser humano, sólo se logra mediante la unión de un hombre con una mujer.
Los postulados de la supremacía del hombre emergieron en las culturas y los libros sagrados de varias religiones. El feminismo tergiversado genera que la mujer se convierta en una figura dictatorial e individualista.
En pleno siglo XXI, no puede concebirse que los roles se cumplan según los sexos. La mujer no debe ser la única que cumpla funciones domésticas. El hombre también debe hacerlo.
Hombres y mujeres deben proveer de recursos económicos al hogar, en la medida de sus posibilidades. En las sociedades modernas, la responsabilidad económica debe ser solidaria y mancomunada.
La violencia es reprochable tanto para el hombre como para la mujer, sea física, psicológica o política. En Bolivia se puso en vigencia una ley para garantizar a las mujeres una vida libre de violencia. Entonces debería existir una ley similar para los hombres que también son víctimas, aunque en porcentajes menores.
No todos los hombres son malos, ni todas las mujeres son buenas. No todas las mujeres son delicadas, ni todos los hombres son torpes. No es cierto que todos ellos sean fuertes y todas ellas sean débiles. En las sociedades tradicionales se tiende a generalizar las concepciones, según los sexos.
Si un hombre está con varias mujeres le dicen mujeriego, un adjetivo que inclusive aumenta el ego de algunos. Si una mujer está con varios hombres, es acreedora a insultos y adjetivos que seguramente no son alentadores.
La imitación de conductas de los hombres equivocados por algunas mujeres que buscan una salida a la opresión en la que viven, no soluciona nada. Tampoco ayuda la sumisión, a los malos hombres hay que denunciarlos. La policía y las leyes deben ser implacables con ellos.
Antes de 1952, la mujer boliviana no tenía derecho a votar, peor a ser electa como autoridad. Hace unos 70 años, nadie imaginó que una de ellas llegaría a la silla presidencial o que por lo menos fuesen determinantes en la toma de decisiones de sus países.
Sin embargo, las desigualdades continúan en la asignación de funciones jerárquicas. De los 20 ministerios del gobierno, sólo cuatro están bajo la dirección de mujeres. Ninguna mujer es gobernadora departamental. En las alcaldías tenemos a 310 alcaldes y a 29 alcaldesas.
En las universidades bolivianas, la distribución de funciones jerárquicas también es dispareja. Es suficiente revisar la plantilla de rectores, vicerrectores, decanos y directores. Sin embargo, la inequidad es menor en relación a tiempos pretéritos.
Las mujeres tienen el legítimo derecho a demandar igualdad mediante sus mecanismos y representaciones. Para que exista igualdad, la discriminación debe reducirse o eliminarse.
La discriminación no sólo es entre hombres y mujeres. A veces las exclusiones son peores entre personas del mismo sexo, sobre todo en las mujeres. A veces una persona se autodiscrimina.
Las posturas sexistas dividen. Seguimos perdiendo el tiempo en la búsqueda de la superioridad sexual. Tanto el hombre como la mujer tienen cualidades que hay que aprovecharlas, para marcar hitos en la historia, con nuestras acciones conjuntas. No debemos olvidar que la existencia del ser humano, sólo se logra mediante la unión de un hombre con una mujer.

Muy bien mi amigo, siga escribiendo
ResponderEliminarGracias estimada
EliminarBuen enfoque, me gusta como escribes.
ResponderEliminarGracias Banessita
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