Crónica: Micrófonos, turba, cámara y acción

La paz era un ansiado recuerdo en noviembre de 2013.  La población de Aiquile estuvo saturada de rivalidades, persecuciones, censuras,  sangre y temor en una etapa electoral en la que los medios de comunicación masiva, sobre todo las radios Comunitaria de tendencia gubernamental y Esperanza de tendencia opositora, jugaron un rol trascendental.         Ariel Nelson Pinto Ortiz, un comunicador social sucrense de piel morena, de  170 centímetros de altura y 68 kilogramos de peso, que continuamente mostraba sus vellos pectorales a través de sus camisas floreadas multicolores generalmente entreabiertas, estuvo en las puertas del infierno cuando se avecinaba la celebración  de sus 27 años de vida, pues una  multitud enardeció cuando vio que  una cámara cercana a él, la filmaba en plena toma de la alcaldía del mencionado municipio que se encuentra a 217 kilómetros de la ciudad de Cochabamba.

La camarógrafa Fabiola Pérez,  acompañada por  él, que ejercía el cargo de encargado de Radio Comunitaria y por la Directora de Culturas del municipio, Thelma Zeballos, en un  minuto de imprudencia, mostró su instrumento de evidencias a la muchedumbre constituida  por varios hombres que vestían abarcas y poleras a través de las cuales, mostraban sus delineados brazos formados por el arduo trabajo agrícola y ganadero desarrollado diariamente. 

Los latidos de los desventurados funcionarios que encontraron un eventual refugio en la casa de un piso de color blanco, ubicada a una cuadra de la alcaldía  aiquileña, aumentaban a medida que el ruido de pasos se hacía más intermitente, la turba cercó el lugar  y amenazó diciendo:  

                   -Les  daremos una paliza que nunca olvidarán, si no nos dan la cámara!-


Los minutos parecían horas para  los tres rehenes que  creían estar más cerca de la muerte que de la sobrevivencia. Las presiones del ambiente electoral se fortalecieron con las cizañas aportadas por radio Esperanza de tendencia opositora al Movimiento Al Socialismo (MAS) que detentaba el poder municipal,  ya que en sus programas, se alimentaron los prejuicios de una supuesta corrupción en la administración de los recursos económicos del municipio, cuyas consecuencias repercutieron también, en las conductas lesivas en contra del personal  de radio Comunitaria, que dependía del partido oficialista. 

La campaña de la oposición se reforzó con las reuniones clandestinas que sostenían sus principales representantes con los dirigentes comunitarios, que desde septiembre de 2013, poco a poco reunieron a un numeroso grupo de seguidores, para protagonizar marchas, raptos, persecuciones, secuestros  y cercos,  después de la festividad de Todos los Santos.  

El conflicto no era sólo de los partidos políticos, sino también entre cochabambinos y chuquisaqueños, en el ámbito laboral se confrontaban los “san francisqueños” contra  los “san simoneños”, así también los aiquileños contra los no aiquileños.

A mediados de noviembre de 2013, el caos llega al clímax, seis de las trece comunidades que  conformaban el municipio de Aiquile,  armadas de lazos y piedras tomaron posesión de la alcaldía, detuvieron a funcionarios del interior de Bolivia para exigirles que renuncien por ser “foráneos”, ya que consideraban que los destinos del municipio debían ser conducidos por sus hijos, nacidos en Aiquile y titulados de la Universidad Mayor de San Simón. 


       -¡Alcalde ladrón, devuelve la plata del pueblo!

Era el mensaje de lucha que aún está en la memoria de Ariel Pinto, aquél comunicador titulado de la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca, que le encantaba lucir su cabello "a la moda", con un corte raso a los lados y atrás y unas puntas que apuntaban al cielo,  en forma de pequeñas montañas. 

El alcalde que constantemente evadía responder a los cuestionamientos de una comunidad aiquileña encolerizada,  solicitó una licencia indefinida que ocasionó  la toma de edificios públicos y medios informativos afines a la administración estatal por el sector movilizado, la solicitud de rendición de cuentas hacia el el alcalde feneció, ahora se exigía su renuncia irrevocable.

Ni el calor primaveral que oscilaba entre los 25 y los 30 grados en la localidad que está a 2250 msnm,  disminuyó  su ímpetu, aquella movilización de protesta que duró más de tres semanas,   marcaría el fin de una gestión municipal y  el inicio de otra.  

Con la autoridad municipal ausente, cuyo  paradero era desconocido, la suerte de los funcionarios que dependían de él, estaba anunciada, ninguno de ellos podría seguir ejerciendo sus funciones y debían escapar para salvar sus vidas.   

            -Continúen con su periodismo imparcial, no hablen bien, tampoco mal de nadie, y protejan la                 documentación institucional. – instruía la autoridad municipal desde el anonimato.

El alcalde renunció en la primera semana de diciembre de 2013, solo esa  decisión posibilitó el cese de las hostilidades.   Fabiola Pérez sería la única de las funcionarias que retornó a la institución edil después del conflicto, ejerciendo desde el año 2018, las funciones de Jefa de Medios.  Desde diciembre de 2013, quien hasta ese entonces fue la máxima autoridad municipal, volvió  a dedicarse  a la siembra y a la cosecha de frutas, actividad  en la que es considerado un experto. 

Retornando al relato del conflicto del año 2013, los tres rehenes de la casa blanca debían proteger aquella "cámara de las evidencias" porque era además, el instrumento de trabajo que el Gobierno Municipal de Aiquile les había prestado para cumplan sus funciones comunicacionales.   La dueña de aquel inmueble en un principio, estaba dispuesta a ayudarles a esconderse, pero el miedo se impuso a la empatía al cabo de 40 minutos, ante los ruidos de los gritos, de los cohetillos, de la ruptura de los vidrios de la ventana y de los objetos lanzados sin cesar. Su rostro delgado y rosáceo se empapó de sudor, sus delgadas piernas  empezaron a temblar y  les tuvo que rogar  que por piedad a ella,  abandonen la morada cuanto antes.

La multitud había logrado identificar  la cámara,  mas no a su portador, sin embargo sabían que uno de los escondidos estaba en poder de ella y que al menos uno de los tres, no era de Aiquile, ya que el tono de su voz lo delató en el momento en que buscaron el refugio, otro motivo que sirvió para  acrecentar el terror. 

Por la ventana de la casa, las piedras ingresaban como proyectiles de guerra, la tensión se impuso, Thelma Zeballos y Fabiola Pérez corrieron desesperadamente  de un lugar a otro en busca de protección,  mientras Ariel Pinto que permaneció inmóvil y con la mirada perdida en las profundidades de la pared blanca de aquel recinto, se imaginaba a la esposa robusta y más alta que él y a los dos hijos que había abandonado en Sucre por motivos laborales,  en septiembre de 2013.

Ariel Pinto recordó las circunstancias en las que conoció al alcalde, aquel señor risueño, tranquilo, robusto, de tez morena y de aproximadamente 45 años, con el cachete izquierdo inflado por el pijchu-bolo- de la coca, vestido con un sombrero de ala ancha, unas modestas abarcas, su pantalón de tela de color azul y  la camisa blanca y abierta hasta la mitad del pecho.

Aun recordaba  la fortaleza física de la autoridad municipal, que  estrechándole  la  mano le dijo en la última semana de septiembre de 2013, cuando Pinto iba a asumir en el medio radiofónico:

                -Confío en su capacidad, estará  a cargo de la radio, quiero resultados.

La primera medida que debió asumir Ariel Pinto, fue la reestructuración de la radio Comunitaria, empezando por  el cambio de los hábitos de sus colegas,  que confundían la cabina con un comedor de hojas de coca, que transmitían sus programas mientras acullicaban y ello impedía que sus mensajes puedan ser entendidos por la audiencia.

Los palillos de la milenaria hoja, pintaban de verde la consola de 32 canales y los teclados de las dos computadoras del medio radiofónico. 

Pero no solo eso, Ariel Pinto debía capacitar a sus eventuales colegas para que su trabajo se enmarque en las funciones de informar, educar y entretener.  Dos meses habían transcurrido desde la llegada de aquel joven profesional de la Comunicación. Era el principio del fin,  radio Comunitaria, el medio que él dirigía tuvo que silenciar sus emisiones. 

Inmóvil en aquel recinto, en los minutos que podían ser los últimos de su vida.     Ariel Pinto reflexionaba: "Las improvisaciones no  desaparecieron y algunos locutores se molestaban cuando se les exigía  puntualidad".

El sonido de su teléfono móvil interrumpió sus afligidos pensamientos, el asesor jurídico de la municipalidad, Limber Méndez  le instruyó lo siguiente: 

        -Ahorita la que corre más peligro es la chica de la              cámara, debes sacarla como sea.

Ariel sabía que si sólo  Fabiola Pérez salía,  Thelma y  él corrían el riesgo de morir, razonamiento que le motivó a señalar: 

                  - Si no salimos todos, no sale nadie-Y colgó. 

Al cabo de unos cinco minutos,  su aparato telefónico volvió a sonar,  la secretaria de la asesoría jurídica señaló: 

        -Tienen dos minutos para alistarse, la policía que está de ida, disparará unos cuantos gases y ahí  tienen que aprovechar para salir.

La policía llegó al escondite, y según lo previsto, disparó una decena de gases lacrimógenos, permitiendo que la turba se disperse por unos instantes y confundida por los agentes químicos, posibilitó que los rehenes salgan con la cámara escondida entre sus prendas.

Los rescatados, aprovechando el humo de  los gases,  subieron al coche verde olivo de la policía y partieron rumbo a la plaza principal del pueblo, la plaza “20 de Diciembre”.

Salvaron  sus vidas y la cámara por unos instantes.  Fabiola con el auxilio de su influyente  familia se refugió en su hogar, Ariel y Thelma, gozaron de una aparente  tranquilidad por unos minutos, ya que en menos de una hora, la carretera estaba bloqueada, nadie podía entrar ni salir de Aiquile.  

Tres días antes, el 22 de noviembre de 2013,  cuando los comuneros empezaron con las medidas de presión, Ariel Pinto sufrió otro secuestro por el lapso de tres horas, esta vez en la cabina de la emisora, junto al Jefe de Medios David Chocamani y sus colegas periodistas de radio y televisión. Uno de los dirigentes les dijo en tono de advertencia:   

         -¡Si tocan algún equipo, los quemamos vivos!

 Los periodistas a pesar del riesgo, recuperaron los documentos en una memoria externa  (flash memory) que la escondieron detrás de  un ladrillo situado en una de  las ventanas de la emisora.

El aprisionamiento llegó a su fin cuando uno de los dirigentes mediante el celular, recibió las instrucciones de su ejecutivo sindical.  Después de la  revisión del vestuario y ante la evidencia que  ninguno  portaba objetos del medio,  se los liberó.

Tres días después, rescatado de su segundo secuestro,  Ariel Pinto se refugió en la casa donde vivía   Marlene Rodríguez, aquella ex compañera universitaria con cabello de color castaño hasta la mitad de su espalda, de 1,65 metros de estatura y con unas medidas anatómicas de 86-68-98,  que en agosto de 2013,   recomendó a Ariel Pinto  para que trabaje en la localidad donde tres meses después,  estuvo asediado, sin dinero,  temeroso y comiendo las guayabas del árbol plantado en  la casa donde vivía como  inquilino.  La compañía de aquella joven, que en ocasiones compartía almuerzos con desconocidos y  en otras, ofendía a quienes estaban cerca de ella con sus actitudes de rechazo, era la única con la que contaba.  

Impregnado de melancolía y  desesperación,  aparentaba  un  inexistente bienestar, sobre todo  cuando su madre o su esposa  le llamaban  desde la ciudad de  Sucre. ¿Valdría la pena alarmarles con una situación que no podian resolver a la distancia?

             -Estoy bien, no se preocupen, todo está como siempre. Era la habitual y piadosa, pero a la vez             mentirosa respuesta de Ariel, a las constantes preguntas sobre su estado.   


Los. 750 Bs del alquiler no pudieron ser pagados, porque el sueldo era un privilegio que  Marlene y Ariel perdieron hace un mes y medio,   sus alimentos escaseaban, por lo  que aquél árbol de guayaba antes  ignorado,  ahora era el manjar apetecible que les salvó de la desnutrición.          

La computadora portátil, el micrófono Belenger y los parlantes Voka que sirvieron para producir materiales en la emisora, se empolvaron en el día a día, pero no tanto como la esperanza de  sobrevivir. Ariel Pinto en la "celebración",  de su vigésimo séptimo aniversario, si acaso se podía llamar así, en lugar de saborear las tortas de chocolate y manjar que le preparaba su madre Bertha Ortiz, tuvo que conformarse con soplar la vela de la esperanza, que era lo último que le quedaba.  

Todo aquel que no fuese aiquileño, una vez identificado, era amarrado a unos barrotes de las ventanas de la alcaldía,  azotado y finalmente abandonado para que el sol primaveral haga de las suyas con los rostros expuestos hacia él.   

Las melodías tradicionales del programa Rijchariy- que significa despertar en castellano- dejaron de sonar, los charangos  de las 5 de la mañana ya no vibraron más;  la  radio Comunitaria calló sus micrófonos durante tres semanas. 

El silencio mediático se rompía mediante los micrófonos de radio  Esperanza, de ideología contraria a los gobiernos nacional y municipal. La emisora, con  sus mensajes difundidos,  jugó un rol protagónico en  las movilizaciones del 2013.      
 Como ocurrió  seis años antes  en la Calancha de la ciudad de Sucre, en Aiquile el mes de  noviembre se vestía de color negro  a  25 kilómetros de la localidad, una familia integrada por cuatro personas, murió en un embarrancamiento cuando trataba de eludir la carretera bloqueada, precipitándose a una altura de 200 metros.  La población movilizada atribuyó el hecho fatal al alcalde.  

 Ariel Pinto dejó su refugio y se aventuró a  transitar en las hostiles calzadas del pueblo, adornadas con llantas quemadas, las manchas de sangre de las personas agredidas y un aire gris por el humo. 

El sudor del cuerpo y la palidez del  rostro de Ariel Pinto, que se escondía en aquella capucha de color negro, evidenciaban su desesperación,  pensaba que el fin de su existencia estaba demasiado cerca, sin  la posibilidad de despedirse de su madre, de su esposa, ni sus dos hijos. Sus lágrimas bajaban de sus ojos negros, recorriendo su pequeña y gruesa nariz para desembocar en sus delgados labios. 

Deambulaba como un vago sin norte, sin interés ni pasaporte,  hasta que una voz sedienta de violencia gritó: 

                                  -¡Allá está, agárrenlo!.

Los veloces pasos de la violencia  se escuchaban cada vez más  a cada segundo,  Ariel Pinto tembló como nunca lo había hecho, desde los pies hasta la cabeza, parecía que el corazón quería abandonar  su frondoso tórax, ya no iba a misa hace cinco años, pero el 26 de noviembre de 2013 se sintió más cerca del creador que nunca, rezó como si fuera la última oración de su vida y resignado, esperó su final en el minuto más estresante de su existencia. 

Su cuerpo se inmovilizó cual si fuese una estatua de mármol, estaba rígido como un "sullu" que sirve como cimiento de construcción, sentía la rigidez cadavérica, su cuerpo seguía en Aiquile pero  su alma ya estaba en el purgatorio.  Sin embargo, la hora final no había llegado para Ariel Pinto, un hombre que estaba a unos diez metros de él, sería la víctima. Solo, asustado e impotente, se limitó a  ver la  agresión contra aquel  sujeto que lo vería por primera y última vez.

Se salvó por un milagro, sólo Dios pudo librarle  de aquel infierno boliviano. 

La paz volvió a la vida de Ariel y a la de Aiquile,  localidad a la que no quiere volver nunca más, porque sólo pudo escapar en el día que volvió el silencio. 

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