Audio: Luis Gustavo Velásquez García.
Víctor Gustavo nació en Okinawa, provincia Warnes del departamento de Santa Cruz, su piel está teñida de color canela, su cuerpo mide 1,65 metros y pesa 65 kilogramos. Una tupida barba negra y blanca adorna su rostro en el que se observa unos ojos de color negro y una nariz achatada. Las poleras son sus prendas favoritas, las camisas las reserva para ocasiones muy especiales y si lo hace, son de mangas cortas o arremangadas hasta los codos.
En el año 2020, decidió sacrificarse, aislándose de su familia para cuidar el proyecto de su vida, no solo se trataba de la vivienda familiar que él ayudó a construir con sus agrietadas manos, rajadas por el uso del pico, la pala y el azote de los rayos del sol; sino el restaurante que aún quiere abrir para gozar con su familia, de los bienes imprescindibles para vivir y sobre todo, promocionar sus cualidades culinarias.
En aquel entonces, solo contaba con la compañía de su incondicional Ron, aquel perro negro de raza mestiza que fue su principal aliado desde su primera visita en febrero de 2020, cuando el único espacio disponible para dormir era aquel cuartucho de calaminas de 2X2 metros que los albañiles habían construido como un depósito de herramientas, en el terreno ubicado en el barrio de Villa Margarita de la ciudad de Sucre, sobre el cual construyó su casa con la fachada de color rosa que hoy se observa.
Víctor Gustavo desde que nació en la festividad de Navidad de 1970, se formó en la escuela de la vida, está acostumbrado a cualquier oficio, los golpes físicos y psicológicos que sufrió en su infancia le transformaron en una persona que aparenta no sentir afecto por nada ni por nadie, es incapaz de demostrarlo, no conoce la calidez del abrazo, la ternura del beso o la dulzura que pueden transmitir las palabras de aliento.
En los primeros meses de 1974, cuando Víctor Gustavo tenía tres años, un tren que pasaba por la población boliviana de Okinawa se cruzó en la vía férrea con el cuerpo de su madre Ángeles Cuno, quien por unos segundos de distracción, perdió la vida. No pudo brindársele el beneficio del velorio ni de la sepultura, porque su cuerpo se redujo a charcos de sangre y algunos pedazos de cuerpo humano.
Su padre, Armando Sandoval Durán en lugar de afrontar la paternidad solitaria de los cuatro hijos que procrearon con su difunta esposa, refugió su soledad en la calidez corporal de varias jóvenes, dio rienda suelta a su libertinaje sexual, hasta que procreó con Dilma a Cielo Diana, la hermana menor de Victor Gustavo, a quien le obligaban a cuidar, cuando apenas tenía ocho años.
Víctor Gustavo ya no portaba la mochila para ir a la escuela, en su lugar cargaba un aguayo con su hermana en sus espaldas, mientras su padre continuaba jugando al "seductor de Okinawa" y su eventual madrastra "a la mujer celosa" que abandonaba sus obligaciones maternales para perseguir y controlar sin éxito las aventuras genitales de su pareja.
Sus hermanos mayores Ojer y Jhamil Sandoval Cuno, habían decidido refugiarse con sus tíos paternos, los hermanos de Armando, mientras el niño Víctor Gustavo, asumía roles que le obligaban a cumplir un rol de padre que no le correspondía, y Dilma, quien irritada por las circunstancias, expresaba su ira en contra contra del infante de ocho años, con riñas y latigazos por todo el cuerpo. Víctor Gustavo en varias oportunidades le confesó a su padre lo que pasaba, pero Armando, en lugar de reclamar o al menos conversar con Dilma, o por lo menos consolar a su hijo, le decía que "bien merecido lo tenía", que ella era "como su madre y que tenía el derecho a castigarle".
En una mañana de septiembre de 1978, la bebé Cielo Diana en un descuido de su hermano Víctor Gustavo cayó de la hamaca que colgaba de los nogales de su hogar, Dilma castigó al niño con golpes en la espalada con la herradura de un caballo. Víctor no solo tenía heridas en el cuerpo, sino también en sus sentimientos, en su alma, se sentía solo y amenazado, así que decidió huir de su hogar, de Okinawa y de todo lo que había vivido hasta ese entonces, estaba convencido que en cualquier parte estaría mejor que ahí.
Desde entonces trabaja para sobrevivir, primero empezó con la labor de carga y descarga de equipajes en omnibuses del transporte de pasajeros de la localidad de Camiri a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, hoy la ciudad más importante de Bolivia. Un año después, a sus nueve años, gracias al apoyo de uno de los conductores de los vehículos en los que trabajaba, regresó a la escuela y logró concluir con sus estudios de primaria y secundaria en la localidad de Camiri, Santa Cruz, Bolivia.
Una década después, a sus 19 años vendía enciclopedias a empresarios privados y de manera informal, vendía ropas para niños en la ciudad de Sucre, la capital boliviana. Si tenía que vender piedras lo hacía, vendía todo lo que podía. A sus 20 años, en el año 1990 descubre el oficio que le brindó los mejores beneficios económicos, el de cocinero, particularmente de carnes a la parrilla, oficio en el que es considerado como el “hada de las brasas”, gracias a su cualificado trabajo que se traduce en jugosas y crocantes carnes con sabores y olores ahumados, apreciados por microempresarios, autoridades de la Universidad San Francisco Xavier, de la alcaldía de Sucre y de la gobernación de Chuquisaca, entre otros, quienes en la actualidad son sus principales clientes.
A pesar de la decepción, del desamor hacia su padre, Víctor Gustavo nunca perdió las esperanzas de construir un hogar, de encontrar a su aliada para lograrlo. Esta expectativa se materializa cuando conoce a Andrea Aylen Hernández Rosales en octubre de 2010, cuando Víctor Gustavo se acercó para ofrecerle biberones en la farmacia que ella atendía con su hermana menor Alicia en la vecindad del hospital Universitario de la capital boliviana. Víctor y Andrea se sintieron atraídos el uno por el otro desde el momento en que se conocieron.
En el año 2012, Víçtor Gustavo a sus 42 años se casó con Andrea Aylen de 35 años y empezaron a planear sus objetivos comunes, entre ellos la construcción de su vivienda, que se materializa ocho años después. Sin embargo, a unas semanas del inicio de obras, llega el “Nuevo Coronavirus” a Bolivia con tres personas procedentes de Europa. El gobierno de Jeanine Áñez Chávez dispuso la cuarentena rígida y la educación virtual. Los niños para evitar contagios, dejaron de asistir a sus escuelas y tuvieron que adaptarse al uso de las tecnologías de aprendizaje y comunicación. Su hijo Ezequiel, que para aquel entonces tenía seis años, ingresaba a la escuela y el internet se había convertido en su principal material de estudio; razón imperativa que evitaba la convivencia familiar en el aún terreno de Villa Margarita de la capital boliviana, sobre el cual recién se edificaba la casa y era imposible conectarse a la red.
Su robusta esposa de 1,60 metros y 65 kilogramos, que luce una piel de color zanahoria, la siempre solidaria Andrea Aylen, tuvo que quedarse junto a sus hijos en la vivienda de color ladrillo de su madre Luciana y de su difunto padre Sergio, ubicada en la calle Uyuni, a una cuadra del hospital Gíneco-Obstétrico “Dr. Jaime Sánchez Pórcel” de la capital boliviana. En aquella morada, disponían de un techo para pernoctar con seguridad y sobre todo, con mejores posibilidades de acceso a la red internet para que Ezequiel, el hijo mayor, pueda pasar clases virtuales, en virtud a la cuarentena dispuesta por el gobierno de Áñez. La cuarentena dispuso desde marzo hasta junio de 2020, la suspensión total de la circulación vehicular y el tránsito restringido de los peatones, uno podía salir en la mañana de un solo día, hasta las 13.00 horas. Las actividades sociales se anularon, por lo que Víctor Sandoval, “el hada de las carnes a la parrilla”, dejó de percibir ingresos por esa habilidad suya, el trabajo se convirtió en un recuerdo para él.
Desde mayo de 2020, su habitación se redujo a un improvisado cuartucho de calaminas de 2X2 metros, donde apenas cabía su cama de campaña de aluminio de una plaza. Víctor Gustavo tuvo que asumir el oficio de albañil para ayudar a construir su vivienda, ya que los ahorros que acumuló con su esposa Andrea apenas le alcanzaban para pagar las quincenas de tres albañiles, la compra de los materiales de la obra bruta (fierros, ladrillos, bolsas de cemento y de cal, volquetas de grava y arena, entre otros) y algunos materiales para la obra fina, incluyendo la pintura de color rosado de su casa y algunas puertas y marcos de ventana de la misma.
Él tuvo que renunciar a la cálida cama de dos plazas que le había cobijado en sus primeros siete años de matrimonio en el domicilio de la calle Uyuni. En los meses de marzo y abril de 2020, su descanso nocturno debía interrumpirse a las 05.00 de la madrugada, hora en la que empezaba su caminata de raudos pasos hasta Villa Margarita, barrio al que llegaba en dos horas, después de subir temerosamente millares de cuadras de las calles de Sucre; porque aparte de la ansiedad de construir su casa; sentía temor a contagiarse o contagiar aquel temido y desconocido virus que llegó a la Ciudad Blanca, el 27 de marzo de 2020.
Por ese motivo decidió mudarse, sin embargo, su temor no tardó en hacerse realidad, el nuevo Coronavirus tocó las puertas de la casa de su suegra al mediodía del jueves 16 de julio del 2020, con la visita de su primo político Reinaldo, quien como médico del hospital Santa Bárbara, atendía diariamente en el mejor de los casos, a decenas de enfermos por Coronavirus en la ciudad de Sucre. El joven médico estaba seguro de haberse resfriado, no así de contraer aquella mortal enfermedad, festejaba su trigésimo cuarto aniversario natal en ausencia de su madre que vive en Tarija y decidió hacerlo en compañía de la hermana de su mamá, su tía Luciana y sus primas Andrea, esposa de Víctor Gustavo, Alicia y Carla.
A la semana de esa visita, Andrea Aylen presentó algunos síntomas característicos del “Covid 19”: Dolor de cabeza, de garganta y espalda. A los dos días, el niño Ezequiel tuvo síntomas de un fuerte catarro, con temperatura de hasta 37.5 grados Celsius, mientras la nena Marcia, de 2 años de edad, presentó dolores de estómago y una evacuación líquida y constante durante cuatro días con una temperatura similar.
La más afectada fue la hermana de Andrea, Alicia, quien padecía de una constante e intensa tos seca, ardor y fatiga en su pecho, como si una llama hubiese invadido su cuerpo a raíz de un intenso trote en subida por el cerro Churuquella a velocidad del atleta boliviano Héctor Garibay. Alicia sentía que su corazón iba a estallar dentro de su tórax, cuando apenas había dado diez pasos y su temperatura corporal oscilaba entre los 38 y 39 grados. El hijo de ella, fruto de su matrimonio con Giusseppe, también habría sido contagiado, sin embargo, nunca presentó los síntomas.
Afortunadamente, nadie necesitó de internación hospitalaria, pero los gastos para la recuperación de la enfermedad, agotó el patrimonio familiar, ya que incluso, por temor a que la salud de ambas hermanas pudiera agravarse, sobre todo la de Alicia, tuvieron que comprar un tanque de oxígeno como prevención, que les costó cerca a diez mil bolivianos.
A pesar de las aflicciones que le aquejaban, en agosto de 2020, Víctor Gustavo decidió continuar con la brega aún sin los síntomas de la enfermedad, sin embargo, pensaba que en cualquier momento podrían manifestarse, porque no solo estaba en contacto con su infectada familia, sino con las personas que debía contactarse para la compra de los materiales de construcción.
En septiembre de 2020, no había posibilidad de retracciones, ya que se había comprometido con los albañiles, a pagarles puntualmente cada quince días. En varios almuerzos tuvo que resignar el consumo de plátano con pan, mientras miraba con antojo la lagua de sus albañiles. Renunció a los deliciosos ají de lizas, ají de fideos, pollo asado o saice que saboreaba de las manos de su suegra Luciana Rosales, una experta cocinera que cultivó sus cualidades culinarias durante toda su vida, prestando servicios eventuales a varias instituciones de Sucre y de forma permanente, al Servicio Nacional de Caminos (SENAC).
El terreno sobre el cual se encuentra la construcción, fue comprado por su finado suegro Sergio Hernández Loayza, un reconocido ingeniero civil de la ciudad de Sucre, que desde finales de la década de 1980, en el gobierno de facto de Luis García Mesa, obtuvo sus principales fuentes de ingreso económico en proyectos desarrollados en el área rural, principalmente de los departamentos de Chuquisaca y Santa Cruz, sacrificando de esa forma, a la calidez del hogar.
El ingeniero Hernández Loayza murió cuando se ejecutaba uno de sus proyectos en la localidad de Cuevo, departamento de Santa Cruz a las 02.30 del 24 de agosto de 2013, según su certificado de defunción; solo, a 452 kilómetros de las personas que más amó y a consecuencia de un infarto provocado por el Chagas que se le había diagnosticado en el año 2005.
Cuando Sergio compró aquel terreno en 1982, el lugar estaba constituido por lotes y en el mejor de los casos, por rancheríos de adobe distantes el uno del otro. En el año 2010, nadie gozaba de alcantarillado, las pocas casas sin fachadas en el lugar, recibían agua mediante las cisternas de la Empresa Local de Agua Potable y Alcantarillado Sucre (ELAPAS), que la vertían a través de turriles a los dueños de casa. No parecía un barrio de una ciudad, sino un pueblo abandonado carente de las condiciones básicas para la vida. Su evolución se observa a una década, actualmente se pueden apreciar construcciones de casas con ladrillos y pinturas, algunos inmuebles ya cuentan con luz eléctrica y el servicio de agua potable mediante cañerías. Algunas de las calzadas ya cuentan con asfalto, porque son el destino final de algunas líneas de microbuses.
Sergio Hernández en su juventud, como fruto de su disciplinada práctica en el basquetbol y en la natación, había logrado formar un delineado tórax, unos bíceps duros y frondosos y algunos cuadros en su abdomen. A partir de la detección de la enfermedad del Chagas en el año 2005, se ensanchó su masa corporal, a pesar de su alimentación saludable basada en carnes blancas, frutas y verduras.
Antes de su muerte en Cuevo, don Sergio dispuso que aquel terreno debía transferirse en favor de su esposa Luciana y sus hijas Andrea Aylen, Alicia y Carla, la primera de las mencionadas se encargó de hacer cumplir su última voluntad. Víctor y Andrea decidieron utilizar la parcela de terreno que les tocó para la edificación de su casa, tal propósito tendía a materializarse a fines del año 2019, parecía que el Coronavirus era un problema de los chinos, pero en marzo del año siguiente llegó a Bolivia ocasionando muertes e inestabilidad económica en las familias bolivianas, entre ellas la familia Sandoval Hernández, que aunque afortunadamente no tuvo pérdidas humanas que lamentar, sufrió afecciones en sus ingresos monetarios, porque Andrea Aylen de profesión odontóloga, dejó de atender en su consultorio dental al enterarse de la muerte de dos de sus vecinos a causa del "Nuevo Coronavirus".
Temía contagiarse y contagiar, mas aun a su madre Luciana Rosales de 68 años, que además padece de hipertensión. Con el cierre de su consultorio y la necesidad de apoyar a su esposo y a su mamá, tuvo que adaptarse en noviembre de 2020, a un nuevo negocio en la festividad de Todos Santos, la elaboración y venta de masitas, para que al menos en ese mes, pueda cubrir algunos gastos de la alimentación y de las demandas de la construcción de su lar.
El dinero que Víctor y Andrea estaban ahorrado desde que se casaron, se estaba acabando, teniéndose en cuenta además, que por la peligrosidad de contagio del Coronavirus o Covid-19, Víctor ya no tenía contratos de servicios culinarios desde marzo de 2020. La construcción que había avanzado en un 75% debía paralizarse en diciembre de 2020 por un tiempo indefinido, si es que no conseguían más dinero. Faltaba comprar vidrios y puertas, parecía que el anhelo de la casa propia debía esperar. Sin embargo, las hermanas de Andrea, Alicia y Carla, que antes de la primera ola de la propagación de la pandemia del Coronavirus habían logrado ahorrar, sacrificaron todo su capital monetario para que se concluya la obra, siendo la solidaridad una característica de la familia.
Contra el Covid-19 y las dificultades económicas, la construcción de la casa-restaurante de 1000 metros cuadrados se concluyó en septiembre de 2021. Actualmente cuenta con una cocina con todos los elementos necesarios para su uso, dos salas, un jardín, una granja avícola y varias plantaciones de hortalizas, además de áreas verdes sembradas, cultivadas y cuidadas cada día por Víctor Gustavo Sandoval Cuno, que también aprendió el oficio de agricultor en su infancia solitaria.
Víctor Gustavo y su esposa, supieron aprovechar los intervalos de las oleadas del virus, cuando el índice de contagios bajaba, ambos retomaron sus servicios culinarios y odontológicos respectivamente. El carbón y las carnes son los principales aliados de Víctor Gustavo, quien selecciona las raciones, las asa y como si tuviera barita mágica, las impregna con aromas y olores ahumados que generan sensaciones gustativas que impactan en los paladares de los comensales, hasta por lo menos una hora después de la degustación.
Víctor Gustavo Sandoval Cuno quiere dejar atrás sus servicios gastronómicos a domicilio, está convencido que puede emprender su propio negocio, su restaurante en su casa y junto a la familia que conoció gracias a su esposa, ya que ante la muerte de su mamá y el abandono de su padre, su corazón fue la coraza del hombre que no podía amar.
Está convencido que su sacrificio rendirá sus frutos a pesar de que se acostumbró a remar sus problemas por más de 30 años de forma solitaria, ahora cuando está cerca a la celebración de su quinta década, lo hace con su familia que venció la batalla al Coronavirus y que constantemente lucha contra el desempleo, una de las patologías socioeconómicas del contexto boliviano, en el cual, reina el comercio informal. Víctor Gustavo está convencido que la perseverancia y el apoyo constante de la familia, son los cimientos para edificar no solo la construcción que tanto soñó, sino los vínculos afectivos que nunca antes disfrutó.
Se podría decir que Víctor Gustavo no solo tiene dos manos prodigiosas, sino dos varitas mágicas que salen de sus brazos, capaces de transformar una simple carne en un manjar capaz deleitar no solo a paladares, sino olfatos exigentes, he ahí la razón para que sea conocido como el "hada de las brasas".

Increíble 100/100
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