Tengo tres hijos: Edna, César y Armando el menor, que lleva el nombre mi amado padre, fruto de mi matrimonio con María Luisa, una mujer luchadora y una ejemplar madre. Los dos mayores viven en España, que con la bendición de Dios, sus esfuerzos y competitividad profesional, trabajan en ese país ejerciendo su profesión. La mayor es economista y posee el grado de doctora; y César es médico, también con el máximo grado académico.
Aún recuerdo el mes de enero del año 2010 como si fuera ayer, ya era una suerte estar en España, en la ciudad de Granada junto a mi esposa y a mi hijo Armando, con quienes aún vivimos en Bolivia; pero lo mejor estaba por llegar, mis hijos mayores habían planificado lo que fue “mi viaje soñado”, en aquella mañana del viernes 15 de enero de 2010.
Anteriormente habíamos recorrido por las ciudades de Madrid, Sevilla, Córdoba, Linares, Úbeda, entre otras y ahora supuestamente conoceríamos Barcelona, gracias al esfuerzo de mis hijos mayores. Sin embargo, mientras degustábamos de un delicioso café batido (capuccino) en el aeropuerto Costa Brava de la ciudad de Girona, ubicado a media hora de la capital de Catalunya en transporte terrestre, mi esposa, mi hijo menor y mi persona; nos enteramos que iríamos mucho más lejos.
El destino ya no sería el aeropuerto “El Prat de Llobregat” de la urbe española, sino la estación de trenes de Pésaro, previa visita al aeropuerto Guglielmo Marconi de la ciudad de Bolonia, en territorio italiano.
Después de un viaje agitado de más de 15 horas por aire y por tierra, llegué a la tierra donde nació el hombre que más influyó en mi vida, aquel personaje que a pesar de sus más de cincuenta años de ausencia terrenal, siempre será mi único ídolo, mi padre.
Cuando la noche avizoraba el fin de aquel inolvidable viernes, el tren paró en la que desde Girona llamé: “La tierra prometida”. Ni bien pisé la estación de trenes de Pésaro, besé el suelo, me sentí como Cristóbal Colón cuando descubrió América, pensando que había encontrado una nueva ruta para llegar a las “Indias Orientales”.
Una vez en Pésaro, recorrimos varias cuadras antes de llegar al hotel “Atlantic”, con la guía de Rosa, la esposa de mi hijo mayor. A las 11.30 pm una vez que dejamos el equipaje en el hotel, recorrimos unas tres cuadras en busca de comida; afortunadamente encontramos un lugar donde nos servimos las pizzas más delgadas que habíamos degustado en nuestras vidas hasta ese entonces.
Al día siguiente, mientras con mi esposa, mis hijos y mi nuera nos servíamos los jugos de naranja, el café batido (capuccino), los huevos revueltos y las salchichas, que formaban parte de los servicios de desayuno del hotel pesarés; podíamos apreciar las olas del mar Adriático a través de los amplios ventanales del comedor, ya que se encontraba a tres cuadras de dónde estábamos.
Luego recorrimos las amplias calles de la parte moderna y las estrechísimas calzadas de la parte antigua de la urbe, hasta que llegamos a la Catedral ubicada en la Plaza Mayor, donde probablemente se bautizó mi papá, imaginarme ese momento me provocó congojas por no tenerlo conmigo; pero a la vez una infinita alegría de pisar el templo en el cual posiblemente inició su vida cristiana; lloré por la emoción.
Luego fuimos al museo “Luigi Guidi”, cuyo nombre es un tributo a un ancestro de la familia, que contribuyó significativamente en las investigaciones de meteorología y de astronomía; colaborando diligentemente a Galileo Galilei quien habría postulado y desarrollado la teoría heliocéntrica en los siglos XVI y XVII.
Terminada la visita, disfrutamos de unos deliciosos gnocchis, que son una especie de masa circular que se elabora con papas, harina de maíz, pulpa de calabaza y espinaca; además con queso ricota; y su salsa de carne.
Posteriormente, como los seis estábamos cansados y con frío por la intensa caminata y por la temperatura por debajo los cero grados celsius, decidimos descansar toda la tarde en el hotel. No podía distinguir entre el recuerdo y el sueño mientras dormía, lo que había visto ese día, me parecía una quimera. En la noche disfrutamos de una pizza con vino dulce (lambrusco) y volvimos a nuestras habitaciones a continuar con las alucinaciones por lo que habíamos visto.
A cada paso que dábamos, divisábamos a la distancia muchos castillos, me imaginaba que en uno de esos vivía mi padre; ya que era el hijo de la Marquesa Zenaida Delmonte, así me lo contó sin revelar los motivos de su emigración a Arequipa-Perú, luego a Potosí-Bolivia y finalmente a la capital boliviana, Sucre, ciudad en la que aparte de ser un microempresario de alimentos y músico; desempeñaba las funciones de cónsul de Italia.
Estuvimos dos días más, degustamos de las deliciosas pastas y disfrutamos de las playas del mar Adriático a pesar del intenso frío, por lo que no pudimos zambullirnos en sus aguas, pero el paisaje era estremecedor y se penetraba en nuestra imaginación, sin olvidar la imagen del majestuoso teatro Gioacchino Antonio Rossini, cuyo nombre se atribuye a uno de los grandes músicos del mundo en el siglo XVIII, nacido en Pésaro.
La alucinación continuaba en la mañana del domingo 17 de enero, recorrimos por las calles de Bolonia y llegamos a las inolvidables “Fuente del Neptuno”, la basílica de San Petronio y la torre de Asinelli; de donde compramos algunos recuerdos para inmortalizar la visita.
Luego recorrimos por las calles del centro de la que denomino “la ciudad museo”, ya que uno tiene la impresión de estar en medio de gigantescas exhibiciones arquitectónicas, esculturales y pictóricas, cuando las transita.
Tampoco es posible olvidar su afamada gastronomía; ya que la Lasaña a la Boloñesa y la pizza del restaurante “Vesuvia”, que saboreamos en la capital de la comunidad de Emilia Romagna, son exquisitas.
“Mi viaje soñado” llegaba a su fin, debíamos regresar a España. Sin embargo las gratas experiencias continuaban, ya que en Girona-España, visitamos la Catedral, la capilla de San Félix, el museo de Arqueología de Catalunya, el Puente de Hierro y el Paseo de la Muralla.
El lunes 18 regresábamos a la ciudad de Granada, la ciudad en la que vive mi hija y que alberga a la famosa “Alhambra”, impresionante museo árabe-hispánico que tuvimos la suerte de visitar en una anterior oportunidad.
Dos semanas después, con mi esposa y mi hijo menor regresamos a nuestra ciudad boliviana de origen, Sucre; muy contentos por haber compartido gratas experiencias con mis hijos mayores y sobre todo, agradecidos por el viaje sorpresivo que meticulosa, diligente y sigilosamente habían organizado, experiencia que nunca olvidaremos, sobre todo mi persona que mantendrá latente ese recuerdo hasta el día en que realice mi viaje sin regreso; Dios mediante, a reecontrarme con mi papito amado, en el cielo, donde seguramente debe estar.


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